Kivumu, Ruanda.

Somos revoluciones, acertijos,
oasis, paraísos del desierto,
somos de donde nazcan nuestros hijos,
somos de donde caigan nuestros muertos.
Yhosvany Palma

Como cada veinte de marzo, mi corazón amanece en Kivumu, Ruanda. Allí descansan los restos de mi querida tía Carmen Olza Zubiri, muerta al explotarle una mina un día como hoy hace ahora dieciseis años.

Seguimos echándola mucho de menos. Mi tía fue una presencia constante en nuestra infancia. Apasionada de la literatura, los primeros recuerdos que tengo de ella tienen que ver con los cuentos que nos narraba antes de dormir. Metidas en la cama escuchábamos las andanzas de Daniel el Mochuelo y Germán el Tiñoso de Miguel Delibes o de Alfanhuí….Los libros, las bibliotecas, sus visitas a la casa de mis padres siempre cargada de cuentos, bolígrafos y caramelos para nosotros tres. Luego vinieron los viajes: con ella cruzamos el charco mi hermana y yo por primera vez. ¡Qué aventura descubrir Venezuela a mis trece años!


Libre, muy culta y finalmente mística. Decidió viajar a Ruanda en 1993, con sus cincuenta años, a ocupar en parte el vacío dejado por una hermana enfermera muerta de SIDA. Aprendió a conducir por las colinas y a chapurrear francés y enseguida se convirtió en improvisada conductora de ambulancias, maestra, cocinera, comadre y lo que hiciera falta, fascinada por la fuerza y la belleza de las mujeres africanas a las que tanto admiraba.

Hasta que llegó el infierno. La primavera de 1994 el horror invadió Ruanda y desencadenó una gigantesca matanza de inocentes. Allí tuvo que estar ella. Ayudando a unos y a otros. Siendo testigo de muertes de amigos como el padre Benuste, tutsi asesinado a machetazos delante de sus ojos, sin que pudiera hacer nada más para evitarlo después de haberse jugado la vida llevándolo a escondidas  en el maletero de su coche hasta que les detuvieron. Serena y valiente, temiendo por su vida en muchos momentos muy difíciles y sin venirse abajo. Negándose a abandonar el país si no podía sacar de allí a sus compañeras amenazadas de muerte. No salió hasta que lo consiguió, les puso a salvo en el Congo tras un peligrosísimo viaje y entonces…volvió a entrar en Ruanda. Con la incansable Sagrario Larralde,  cuando ya acababa el genocidio y mareas de refugiados cruzaban la frontera descalzos y desolados. Casi no hubo manera de sacar a mi tía de allí y cuando finalmente no quedó más remedio volvió a España con la promesa de regresar a Kivumu lo antes posible.
Llegó a casa transformada. En medio de tanto horror vivido trajo un brillo en la mirada que no era sólo por esa delgadez recién adquirida. Algo le había pasado que no acertábamos a comprender. A mi me parecía más frágil y más dulce, más cercana que nunca si cabe en aquel verano del 94 que pasó en casa de mis padres en la habitación contigua a la mía donde yo estudiaba  para el examen MIR. Seguía defendiendo sus opiniones sin miedo pero su anterior vehemencia se había transformado en algo que más bien parecía ser reflejo de una certeza luminosa.

Tras varias idas y venidas regresó definitivamente a Ruanda en cuanto pudo, a principios del 95. Se despidió con una bella sonrisa, diciéndonos que no tuviéramos miedo, que lo único malo que le podía pasar era morirse.

Sentí muchísimo su muerte. Aquel 20 de marzo yo ya estaba en la semana 37 de mi primer embarazo. Durante mucho tiempo después de su muerte sentí una rabia enorme, le echaba tanto de menos. No podía entender ni aceptar casi su opción de regresar allí en momentos de tanto peligro.

De vez en cuando mi tía me visitaba en mis sueños y no decía nada. Simplemente me sonreía con su mirada pícara. Luego llegaron sus palabras recogidas en su último cuaderno y ahí comprendí plenamente la entrega que ella había elegido: su vivencia mística, su historia de amor divino en medio del horror en Ruanda.

Comencé a desear visitar Kivumu. En mis sueños subía la colina hasta llegar al cementerio donde reposaban sus restos y lloraba largamente. Había visto muchas fotos del lugar, escuchado nítidas descripciones y sentía que necesitaba ir hasta allí para terminar de llorar su muerte.

Por fin en el año 2007 viajé a Ruanda con mi madre y mi hermano. Kivumu está en la frontera con el Congo, junto al lago Kivu, frente a los volcanes donde aún quedan gorilas de montaña. Al atardecer subimos la colina, acompañados de decenas de niños que se reían con nosotros o de nosotros mientras  se peleaban por darnos la mano. Al llegar al cementerio, en lo alto de la colina, escuchábamos las canciones de los niños del coro que ensayaban alli mismo. Había gallinas picoteando entre las tumbas, flores, montañas de niños y niñas y un majestuoso árbol de aguacate que lo presidía todo mientras el sol se ponía por encima del lago. Para mi sorpresa, en vez de echarme la llorera que tantas veces había imaginado, lo que pasó fue que sentí una paz inmensa. Y alegría, muchísima alegría.

Supe que era mi tía la que nos había llevado hasta aquel lugar para que lo sintieramos nuestro. Entendí que una parte de nosotros siempre estaría allí, enterrada en Kivumu, en el corazón de Africa. Me sentí curada, no sé bien de qué.

Desde entonces Africa significa para mi alegría y paz. Porque soy un poco de Kivumu, dónde yace la mística Carmen Olza.

11 comments

  1. Bello relato de tu tía y de su tierra africana, el ombligo del mundo, el paraíso si no fuera por los horrores creados por humanos. Te abrazo con esa alegría y paz que te inundó en Kivumu.

    1. Yo soy una antigua alumna del Colegio de Santa Ana de Calatayud y tuve la inmensa suerte de ser discípula suya.
      Siempre la recordé con mucho cariño y un día, al pasar por un kiosco, vi en la portada de una revista una cara que me resultaba tremendamente familiar pero que no ubicaba. La compré y al leer la entrevista, la asocie. Claro yo estaba acostumbrada a verla con el hábito y allí estaba sin él. Todavía la conservo.
      Recuerdo el día de su muerte como si fuera ayer. Iba adormilada en el coche, cuando dieron la noticia por la radio y me incorporé dando un grito, diciendo “es mi profesora “. Mi marido que era quien conducía, pensó que lo había soñado, pero por desgracia no fue así.
      Nunca la olvidaré y agradezco a su sobrina que haya compartido sus sensaciones. Éramos muchos la que la apreciabamos y yo sentí mucha rabia, porque teniendo una vida cómoda, la dejó para irse a ayudarles y encima como pago, la muerte.
      Pero al leer tus palabras, creo que fue feliz e hizo lo que ella quiso, aunque los demás no lo entendieramos.
      Una nueva lección que me ha dado, lección de vida.
      Gracias Hna Carmen, hasta siempre.
      Y gracias a Ibone Olza, por enseñarnos su última morada.
      Reyes

  2. También yo disfruté de su amistad, de su libertad, de su cultura y de su mística.
    También a mí me visita aún en sueños.
    Gracias por describirla tan bien.
    Está entre nosotros. “Los que aman, nunca mueren porque con su amor llenaron de vida los caminos”.
    Mª Luisa Belsué, Hna de Sta. Ana en Costa de Marfil

  3. soy una hija de una prima de tu tia mari caermen y se me ha ocurrtdo ponerme al ordenador y escribir el nonnnnnmbre de mari carmen olza y os mando un saludo para todos maru

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s