El porno feroz

 

En el porno del siglo XXI, el sexo es sólo una coartada para la violencia.

Gabriel Núñez Hervás

Tienes ganas, lo miras, te haces una paja, te corres, ya está. Es el porno: omnipresente, gratuito, a un click de todo el mundo. Adictivo, invasivo, y destructor. Hace tiempo que vengo pensando en ello, en cómo afecta a todas nuestras relaciones. Las imágenes que se quedan en la mente y vuelven inevitablemente casi cada vez que te excitas. Lucía Etxebarría describió con nitidez recientemente como las mujeres experimentadas en el sexo podemos reconocer de lejos a los hombres adictos al porno.

Ya hace años que alguien me alertó de que hoy en día antes de todos los diez años prácticamente todos los niños y niñas ya han visto porno. El cómo está afectando el porno a la vida sexual de los chavales y chavalas pueda ayudar a comprender las cifras de violencia de género entre adolescentes y jóvenes: in crescendo.

Pocas personas hablan de esto con franqueza. Pasa como con la prostitución y la trata de mujeres: cuando preguntas alrededor resulta que nadie nunca paga por sexo. Qué raro. Y cuando nos enteramos que incluso los futbolistas pagan por estar con mujeres probablemente víctimas de trata salen en su defensa hasta los ministros. Vergüenza ajena.

El artículo El Porno Feroz (La misoginia como espectáculo) de Gabriel Núñez Hervás es lo mejor que he leído sobre el tema. Explica tanto y tan bien que me parece debería ser lectura obligada por ejemplo en los institutos y facultades. Extraigo algunas frases, pero por favor: leedlo entero, compartirlo, debatidlo, nombradlo.

 "More Store" instalación fotográfica, 2008 ©Ana Alvarez-Errecalde

“More Store” instalación fotográfica, 2008 ©Ana Alvarez-Errecalde

Lo que ha secuestrado el porno, puede afirmarse, en fin, es el mismo sexo, sustituyendo su riqueza por una normativa rígida y unidireccional de entender las relaciones sexuales… El mundo, pues, ya es pornográfico. La vida es pornográfica. El sexo es porno. Sólo porno. El porno ya no es una representación del acto sexual. Es el acto sexual. Y por acto sexual se entiende cualquier cosa que produzca placer al hombre…

Se cometen delitos que se graban y se exponen y se venden con esa coartada sexual, con esa patente de corso del sexo, con esa protección garantizada por la inmunidad de la pornografía.

Se hace una sola pregunta, obsesiva, definitiva: ¿qué más se le puede hacer a una tía? O, lo que es lo mismo: ¿Cómo se puede degradar y humillar más a una puta?

Afortunadamente hay miles de jovencitas necesitadas a las que ofrecer un billete a la fama, a Europa o al capitalismo, y acto seguido escupirles y romperles el culo.

Un extensísimo y relajado y civilizado público jamás se preguntará por lo que les ocurrió en sus respectivas vidas a esos miles de mujeres con las que un día se hicieron pajas mientras observaban cómo las machacaban, insultaban y envilecían un puñado de hombres civilizados, ricos y famosos. Y qué más da; como decían los propios actores, no eran más que putas. El guante negro, emitida hace ya años por Canal Satélite Digital, es una premiada película de Christophe Clark que acaba con una pandilla de tipos escupiendo a una chica del Este y diciéndole literalmente: “No eres nada, te vamos a hacer mucho daño, no eres nada, eres una mierda, eres una puta, eres una guarra, no eres nada”

“La muy idiota de esta puta creía que venía para hacer un par de mamadas y una doble penetración y mira lo que se encontró”. “Lo que se encontró” suele ser un catálogo infinito de violaciones brutales, maltratos, torturas, palizas y escarnios. El último paso de esta escala macabra son, evidentemente, las prostitutas.

El hombre es libre, absoluto y caprichoso. La mujer es esclava.

Cualquier espectáculo basado en tratar a un animal como se trata a una mujer en el porno sería objeto de denuncia inmediata. A menudo se alaba la función pedagógica del porno: enseña cómo hay que hacerlo. Lo que enseña el porno es cómo hay que tratar a las mujeres: hay que insultarlas, despreciarlas, humillarlas, castigarlas, violarlas, atarlas, asustarlas, azotarlas, torturarlas, agredirlas, asfixiarlas, destrozarlas y vencerlas… La seducción es, por supuesto, algo pasado de moda.

Con todo, lo peor del porno es que es impune. Quien quiera ganar una fortuna maltratando a mujeres puede hacerlo sin temor. Y si tiene alguna duda, puede resolverla con un ejercicio muy simple: ponerse durante un momento en el lugar de esas mujeres. Verá cómo entonces entiende al instante que el porno es, simplemente la celebración de un crimen.

El porno feroz, de Gabriel Núñez Hervás.

Publicado en El Estado Mental.

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