Enterrados

Aquella tarde de sus 17 años Nacho llegaba muy justo a entrenar a su equipo de baloncesto, pero cuando vio de lejos la aglomeración de gente delante del Monumento a los Caídos decidió acercarse. No era habitual ver gente detenida allí a pesar de la cantidad de personas que transitaban por sus alrededores a diario. Conforme se acercaba vio una serie de personas tumbadas en el suelo, algunas parecían medio cubiertas por telas, otras no, y aún sintió más curiosidad. Al llegar se colocó en primera fila y observó con atención. Lloviznaba.

Un hombre joven, vestido de negro, con barba y tatuajes, iba ayudando a las personas a tumbarse en el suelo. Algunos llevaban chubasqueros o telas de plástico oscuro, la mayoría iban descalzos. Muchos eran ancianos. Cuando hubo terminado de colocarles el hombre joven se cargó un saco de tierra al hombro y se acercó a la primera persona que yacía en el suelo, una mujer mayor. Abrió el saco y empezó a cubrir el cuerpo con la tierra negra, primero arrodillado con las dos manos, luego incorporado echando algunos puñados desde arriba. La mujer cerró los ojos. Luego el joven movió el saco, se desplazó hasta la siguiente persona y repitió la tarea. Un fotógrafo le seguía de cerca.

Nacho avanzó un poco más y reconoció entre las personas tumbadas en el suelo a Juana, su maestra de primaria. Hacía mucho que no la veía y dudó un poco sobre si era ella, pero sí, sí que era, con el pelo muy corto y los pies descalzos. Nacho retuvo las ganas de llamarla por su nombre. Cuando se acercó el hombre con el saco Juana se cubrió la cabeza entera con una tela negra. El joven le cubrió de tierra el cuerpo y añadió varios puñados más sobre la cabeza. Nacho miró fugazmente su reloj, y decidió llegar tarde al entrenamiento. No podía irse de allí hasta entender lo que estaba pasando, la extraña solemnidad de aquel acto le retenía.

El hombre fue enterrando a las veinte personas que yacían en el suelo. Los que observaban de pie, unos cien o doscientos, con sus paraguas e impermeables apenas hablaban o si lo hacían era susurrando. Nacho vio como algunos lloraban y sin saber bien porqué el también sintió una congoja enorme subiendo de su pecho a la garganta.

Al terminar de enterrar a la última persona, el hombre joven se tumbó y se cubrió a si mismo de tierra. Permaneció allí unos minutos hasta que el público empezó a aplaudir con fuerza. Nacho también aplaudió con cierto alivio.

Poco a poco las personas tumbadas se fueron incorporando. Algunas se sentaban y miraban sus piernas cubiertas de tierra, otros olían la tierra de sus manos. Lloraban. Gente del público se acercaba a abrazarles. Nacho esperó a que Juana se levantara y se acercó a ella.

_Juana, hola. Qué sorpresa verte aquí.

_Hombre Nacho, ¡qué alegría! ¡Sigues creciendo! ¿Cómo es que has venido al homenaje?

_Pues de pura casualidad, pasaba por aquí, iba a entrenar a mi equipo de baloncesto en jesuitas y he visto gente y me he acercado. Pero ¿qué es esto, qué clase de homenaje?

Juana seguía sacudiéndose la tierra, y aunque varias personas parecían esperar para hablar con ella les dio la espalda y miró a Nacho a los ojos.

_Es un homenaje a los fusilados en Navarra…Como mi abuelo, lo mataron cuando mi abuela estaba embarazada de mi padre, por ser de izquierdas y defender los derechos de los trabajadores del campo. Se lo llevaron una noche y ya nunca más lo volvieron a ver, en agosto de 1936. No sabemos dónde está enterrado. Mi padre nació cinco meses después.

Nacho estiró la espalda y los hombros, la boca seguía abierta y muda.

_El que nos ha enterrado es un pedazo de artista, y el que lo hayamos hecho aquí tiene muchísimo valor, porque este como sabes es el Monumento a los Caídos en la guerra del bando que ganó, pero no a los que perdieron la guerra…Nacho, ¡muchas gracias por venir o por haberte quedado! _ Juana le dio dos besos y luego se giró para fundirse en un abrazo largo con otro hombre que también había participado en el enterramiento y que lloraba como un niño.

Nacho no quería irse aún, así que se acercó a otro grupo de personas que escuchaban a un anciano que llevaba una bandera republicana al cuello.

_Ha sido terrible, estar ahí tumbado y sentir la tierra cayendo sobre mi cuerpo. Me han venido todos los recuerdos, todos, sin tregua. Pero oídme, qué contento estoy, ahora me siento más cerca de mi padre que nunca-

Nacho escuchó un rato más antes de darse la vuelta y seguir lentamente hasta el colegio. Encontró a sus chavales jugando al baloncesto y a Luis, el segundo entrenador, dando instrucciones. Al ver a Nacho los niños y niñas se detuvieron y se acercaron a él corriendo:

_¡Nacho, Nacho! ¡Qué tarde llegas!

_Si. Llegaba bien pero me ha pasado una cosa que os quiero contar, así que sentaros y escuchadme. _Los niños y niñas de nueve y diez años se sentaron en círculo dispuestos a escuchar a su joven entrenador.

 

Relato de ficción inspirado en la obra Enterrados de Abel Azcona

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