ficción

“Patria” de Fernando Aramburu.

patriaHay novelas que llevas media vida esperando leer. “Patria” de Fernando Aramburu es una de ellas. Incluso desde mucho tiempo antes de que se escribiera; yo llevo querendo leyerla creo que desde mi adolescencia en Pamplona, cuando comprendí y sentí que había “temas” de los que era mejor no hablar. Que vergüenza siento al recordar mi, nuestro silencio en tantas ocasiones. Cuanto tardamos en salir a la calle para decir BASTA YA a la violencia y en acompañar a las víctimas. Cuanto nos queda aún por hacer, nombrar y sanar.

Y es que Patria es una novela inmensa que explica mucho de lo que hemos vivido en País Vasco y Navarra durante demasiadas décadas. Es la historia de dos familias, tan cercanas que me parecía conocerles de toda la vida. Y de como el discurso nacionalista va alimentando la exclusión y el odio, y lo que yo en realidad llamaría racismo. De como unos llegan a justificar matar a otros y como otros muchos callan o justifican lo injustificable. Lo mejor en mi opinión es precisamente la descripción que hace de como se llega a odiar al amigo o a la amiga de toda la vida.

No quiero destripar la novela,  sólo recomendarla. La tengo tan reciente que aún tengo que posarla en mi. Ojalá sea lectura recomendada en institutos y facultades por todo el país además. Nuestra terrible historia reciente necesita ser contada, hablada, y sobre todo sanada.

La primavera nudista

Creo que mi padre nunca planeó ser un revolucionario, mucho menos un nudista famoso. Jamás salía desnudo del baño tras la ducha igual que tampoco levantaba la voz en las cenas navideñas cuando sus cuñados más conservadores criticaban encendidamente a los jóvenes políticos que por aquella época prometían acabar con la corrupción y que él secretamente admiraba. Era callado y bastante gruñón cuando le interrumpíamos sin aviso. Pasaba la mayor parte del tiempo libre en su despacho estudiando medicina y cuando su trabajo como jefe del servicio de urgencias despertaba el interés o la admiración de los vecinos le quitaba rápidamente cualquier valor aduciendo “el mérito lo tienen los que van en las ambulancias o los que tienen que operar bajo las bombas, lo nuestro está chupado”. A nosotras nos daba abrazos de cosquillas o nos cantaba canciones más viejas que la tos antes de dormir. No nos dedicaba mucho tiempo pero nos pedía ayuda siempre que se ponía a cocinar y mientras pelábamos patatas o destripábamos calamares se interesaba por nuestras historias escolares y nos escuchaba de verdad.

La fría mañana en que salió del hospital después de una guardia desnudo a la calle, con su maletín en una mano, el periódico bajo el otro brazo, los calcetines granates y sus zapatos de cordones negros  como única vestimenta tampoco creo que imaginara la irreversible sucesión de revoluciones carnales que con aquel simple gesto logró desencadenar. Claro que fue una casualidad que justo cuando le arrestó el primer policía municipal con el que se cruzó, una joven periodista pelirroja y su cámara se acercaran y grabaran las improvisadas pero muy solemnes declaraciones  de mi padre:

_Me niego a seguir trabajando en semejantes condiciones, a no poder atender a las personas de otros países sólo porque no tienen una tarjeta de plástico, a verles agonizar en la sala de espera –aquí se detuvo unos instantes con la mirada perdida- cuando han tenido que cruzar el mar en patera. Estoy tan harto que he decidido salir en bolas a la calle, a ver si así alguien nos ayuda a detener esta injusticia.

Mamá y nosotras nos enteramos cuando a la hora de comer nos llamó desde la comisaría, recuerdo que mamá dijo que debía tratarse de una broma y que a nosotras nos dio por reírnos. Ese día papá salió en todos los telediarios y los siguientes en las portadas de prensa. “Jefe de servicio de urgencias protagoniza original protesta nudista contra los recortes y la discriminación en la sanidad pública”. “El doctor nudista denunciado por exhibicionismo dice que lo hizo por solidaridad con las personas indocumentadas”. A la mañana siguiente otras dos médicas hicieron lo mismo seguidas de un director de instituto y varios maestros. Todos salieron desnudos a la calle, incluso una muy embarazada. Fue  al tercer día cuando una de las policías que tenía que arrestar a los crecientes  nudistas decidió desnudarse allí mismo y unirse a ellos, siendo arrestada por sus propios compañeros. Poco a poco el país fue llenándose de manifestantes que se exhibían desnudos al salir de sus puestos de trabajo,  inicialmente, y en cualquier ocasión posteriormente, con pancartas variopintas. En el parlamento los políticos empezaron a debatir sobre la necesidad de reconocer el derecho a la salud universal y varios diputados se despelotaron delante de las cámaras.

Mi padre repitió el gesto en cada salida de guardia: las dos primeras le detuvieron y a la tercera ya le esperaban admiradores y periodistas en corrillos, todos desnudos y dispuestos a impedir que le volvieran a arrestar. Llegaba a casa desnudo, se quitaba los zapatos, se ponía el pijama de cuadros, descolgaba el teléfono e intentaba dormir tras la guardia como si no fuera él el artífice de la protesta nudista. Seguía estudiando todo lo que podía.

Conforme fue entrando la primavera la gente empezó a disfrutar de la desnudez, no ya como protesta sino como forma de salir a pasear y relacionarse. Se formaron grupos de aficionados al nudismo en cada pueblo, se juntaban en círculos en los parques a merendar, en las playas, en las terrazas y hasta en los cines. Bajaron las compras de ropa y de antidepresivos. La primavera nudista llegó a su apogeo con manifestaciones de miles de personas desnudas para deleite de los antidisturbios. Los abrazos cada vez se hicieron más largos y en las revistas se habló mucho de los beneficios del contacto piel con piel. Llegaron las elecciones, cayó el gobierno y los nuevos gobernantes despenalizaron el nudismo como primera medida y luego se enfrascaron en la reforma que permitió la atención sanitaria universal. Mi padre siguió recibiendo abrazos de desconocidos durante años, había gente que se desnudaba nada más verle pasar, pero él insistió siempre en quitarle mérito a su protesta original.

Ahora cuando nos hablan de aquellos tiempos en que nadie iba nunca desnudo por la calle pienso mucho en mi padre. Le pregunté hace poco como se le ocurrió. Me dijo que ni él mismo lo sabía, que no fue nada premeditado, que en aquella guardia vio morir a una mujer africana en la urgencia y se le antojó insoportable y que al cambiarse en el vestuario se dio cuenta de que no podía salir a la calle como si nada, así que salió sin ropa.  Lo único que no esperaba, añadió, fue sentir semejante liberación.

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La vida que no quería vivir

La vida que yo no quería vivir ocupaba por aquel entonces la mayor parte de mi tiempo. Tenía que viajar mucho: trabajaba como comercial de fertilizantes y pesticidas para una empresa de levaduras francesa. Recorría el país de arriba abajo una y otra vez alojándome siempre en aquellos hoteles modernos que ahora recuerdo en blanco y negro. Comía con mis clientes en restaurantes ruidosos y solía cenar solo en las barras de los bares: patatas bravas, sándwiches mixtos o rabas y unas cuantas cañas de cerveza mientras comentaba el partido de fútbol de turno con algún camarero local.

¡Ah los camareros, cuánto me enseñaron en aquellos tiempos! Yo por aquel entonces era joven y atlético, ellos casi siempre me superaban en años y en kilos pero sobre todo en ironía. Tal vez fuera eso que más me gustaba de la vida que yo no quería vivir: aquel despliegue de humor negro y parsimonia que a menudo demostraban los únicos testigos de mi creciente soledad.

Fue en una de aquellas barras donde me la encontré. Hizo su entrada en el bar con su mochila y su aspecto de perroflauta, nunca mejor dicho: lo primero que se ganó fue una bronca del camarero recordándole que los perros no podían entrar en aquel local. Así que volvió a salir, dejo al chucho atado a una farola enfrente de la entrada y entró nuevamente. Se puso a mi lado en la barra y pidió:

_Un par de huevos fritos. Y… ¿las patatas fritas son congeladas o caseras?

_Caseras y fritas en aceite de oliva para la señorita_ El tono del camarero parecía conciliador tras la bronca inicial.

_¡Ah! pues las quiero. Y una clara con gas.

Llevaba un jersey de lana de colores, unas mallas hechas jirones, unas botas de militar. Con la mano izquierda parecía sostener su barriga y por un instante pensé que estaba embarazada. Cuando por fin llegaron los huevos con patatas y el camarero se retiró a la otra esquina de la barra ella sacó la mano del jersey y pude ver lo que sostenía. Era un cachorro blanco muy pequeño, debía tener unos pocos días. Ya no pude quitarle los ojos de encima: era precioso. Ella me sonrió y me dijo:

_¿Lo quieres coger? Si me lo tienes sin que lo vea el camarero podré tomarme estos huevos con patatas más a gusto, la verdad.

Me pasó el cachorro con una mano y yo lo cogí con las dos. El perrillo me miró fijamente, temblaba un poco.

_Su madre es la que está ahí afuera, se llama Pastora. Tuvo tres más pero ya los he colocado con otros dueños_ la joven untaba cada patata en la yema antes de comérsela.

_Y con este ¿qué vas a hacer?

_No lo sé, por ahora me gusta que Yako esté con su madre. Sólo que cuando viajamos me lo pongo encima para que no se asuste. Como los bebés recién nacidos, que dicen que donde mejor están es en piel con piel con la madre. Vamos a casa de mi abuela, que es la única que me recibe encantada cuando viajo con Pastora. ¡Qué contenta se va a poner cuando vea a Yako!

Mientras ella se deleitaba con cada patata untada en yema yo seguí acariciando a Yako. Al poco noté un inconfundible calorcillo en la palma de mi mano izquierda.

_¡Se ha meado!

_¡Uy, vaya, eso es que después del susto se ha relajado! ¿Puedes guardarlo un momento más? Ya no me queda nada, anda, toma, te paso unas servilletas…

El camarero asomó por detrás de la barra y ahí ya me fue imposible esconder al cachorro.

_Anda, ¡pero si es un cachorrillo! Habérmelo dicho mujer, que no te iba a hacer salir con una criaturilla tan hermosa…¿La madre es esa que está ahí afuera entonces?¿Y dices que te ha meado encima? Anda, déjamelo y vete a lavarte, mientras esta mujer acaba de cenar–.

Aquella noche tardé en dormir. Por primera vez en muchos meses no pensaba en las reuniones del día siguiente ni en las ventas que iban a decidir mi salario mensual. La mirada del cachorro se había instalado en mi retina y por más que cerraba los ojos no se desvanecía. Con ella me llegaron en un torrente otras imágenes del valle: los paseos con mi perra Oma por el bosque, las carreras por las pistas de la parcelaria, las setas que solía coger con mi tío, los veranos cosechando con mi padre hasta el anochecer. Los olores del musgo húmedo, el tomillo y  los níscalos. La soledad de fondo que había experimentado aquellos meses trabajando como exitoso agente comercial pareció iluminar todos los recuerdos de mi vida anterior. La nostalgia se me antojó insoportable, la certeza de que aquella no era la vida que quería vivir se reveló en mi ser.

Volví a verles por la mañana, al salir del hotel camino del aeropuerto. Paré el coche y le pregunté si quería que les acercara a algún lugar, ella me dio las gracias pero no aceptó, la estación de tren estaba muy cerca, no pude ver a Yako. El lunes siguiente dejé mi trabajo en la empresa de levaduras. Mis padres se llevaron un disgusto: no lo podían entender. Volví al pueblo y decidí aprender sobre agricultura ecológica y permacultura: empecé a ver la tierra de otra manera y sobre todo a cuidarla más. Apenas unos meses más tarde adopté a Lua, una labradora que había sido abandonada en un contenedor. Seguimos un programa dirigido para recuperar a perros maltratados y así fue como encontré mi verdadera vocación. Toda esta granja que veis ahora, la perrera y el centro de rehabilitación canina, todo viene de la mirada del cachorro que una noche me hizo darme cuenta de que aquella no era la vida que yo quería vivir.

 

Intercambio de casas y camas

ELENA

hojasUna casa en una aldea en las montañas. Parecía una estampa sacada de un cuento infantil: las imágenes en la web mostraban vuestro zaguán, el castaño junto a la fachada izquierda, la puerta de madera pintada de verde, el amplio ventanal que se abría al prado, la montaña sosteniendo vuestra casa de piedra como las ostras que abriéndose muestran sus perlas. Hasta se adivinaba el humo saliendo por la chimenea. No sé qué pudisteis ver vosotros en nuestro pequeño piso a cinco minutos de la Puerta del Sol donde el silencio es impensable y la naturaleza una fantasía de plástico en macetas.  Quiero imaginar que fue Claire, tu mujer holandesa, la que decidió que era un buen intercambio para vosotros, una oportunidad de pasar unos días en la capital lejos de Asturias hartándoos de museos y librerías y me imagino que hasta espectáculos con vuestras dos hijas. Para nosotros que llevábamos ya tiempo metidos en esto del intercambio de casas fue sencillo. La vuestra reunía todo lo que buscábamos para nuestras vacaciones de Semana Santa: monte y silencio o soledad.  Lo que necesitábamos, o eso nos decíamos, para reencontrarnos como pareja después de tanto tiempo notando que lo único que ya nos unía era nuestro hijo.

La primera vez que os llamé por teléfono para confirmar el plan me sorprendió la belleza de tu voz. Me llegó la hondura, que me recordó el tacto de la madera. Imaginé tus manos grandes tocando la tierra y tu barba poblada mientras hablabas y ahí lo dejé, ni siquiera había visto una foto tuya. Fantasear es lo mío. Luego nos vimos brevemente en la cafetería de la autovía cuando nos cruzamos a medio viaje para conocernos y pasarnos las llaves. En algo había acertado: la barba poblada. Gordito o fuerte, no sé precisar, muy muy moreno, peludo y tierno.

Me pareció que los cuatro olíais igual, a una curiosa mezcla de serrín y cebolla y ya empecé a sentir envidia. Al encontrar todas aquellas ristras de pimientos choriceros colgando en el pasillo de arriba pensé que igual el olor que impregnaba vuestra ropa provenía de ellos. Aquella primera tarde en vuestra casa me puse a barrer las telarañas de los techos sin pediros permiso mientras pensaba en el concepto de naturaleza interior, en esa vida risueña que se apodera de cada rincón si se lo permitimos. En nuestro piso sólo crecen los cactus, con pinchos tan afilados y peligrosos como nuestras escasas conversaciones.

Vuestra casa tiene un habla pausada y serena. Mi hijo está fascinado con los juguetes de vuestras niñas, casi todos artesanales y con una belleza propia y diferente. Los juegos de mesa también de madera, la cerbatana y las flechas en la pared, el columpio y la escalera de cuerda en medio del salón para las acrobacias. No tenéis ni una pantalla en toda la casa y mi marido se baja al bar del pueblo por las mañanas para trabajar con su portátil y conectarse. Al menos así no discutimos. Yo suelo permanecer sentada en vuestro salón, escuchando vinilos de cantautores del mundo mientras contemplo el roble y el castaño y mi hijo enredando juega. La quietud se ha apoderado de mi ser y detenido mi mirada, apenas salgo de tu casa. Es curioso sin embargo la de cosas que acontecen en este lugar que parece de otro tiempo. Esta mañana ha llegado una mujer rubia y alta con su hija de cinco años. Ella era Laura y la niña Ane, me ha dicho. Veraneantes y por lo que veo amiga vuestra, se ha extrañado mucho de que hubieras aceptado ir a Madrid.

_ ¡Ha tenido que ser cosa de Claire! _ Ha dicho riendo, y luego me ha contado lo bien que lo pasáis en esta aldea todos en verano. Un rato más tarde ha aparecido un pastor bastante mayor con un perro canoso: Primitivo y Zar. Traía un saco de nueces para vosotros y me ha preguntado cómo llevabas tú la reciente muerte de tu hermano. Le he tenido que explicar que no somos amigos, que apenas nos hemos cruzado para darnos las llaves, que esto es un intercambio de casas nada más. Me ha dado vergüenza decir que no sabía lo de tu hermano, me lo he callado. El hombre también se ha reído:

_ Así que os intercambiáis las camas sin conoceros siquiera, vaya, ¡vaya!

Ahora duermo en vuestra cama. Dormimos. He intentado averiguar cuál es tu lado y fantaseo con una vida contigo que nunca viviré. A ratos os pienso en mi casa, entrando y saliendo de nuestro piso pequeño y abigarrado, perdiéndoos entre la muchedumbre pero percibiendo lo que casi nadie ve en la ciudad: los árboles y pájaros, las bandadas de cigüeñas regresando al sur, los brotes de primavera en los setos acosados por el cemento armado. No os visitará nadie, eso seguro. He vuelto a mirar las fotos del salón intentando adivinar quién era tu hermano y lo he encontrado enseguida, junto a Claire en una foto que tal vez sacaste tú mismo. Las mismas entradas en la frente, los labios carnosos, debía de ser mayor que tú. No imagino el dolor de perder un hermano.

Me da miedo pensar en la vuelta a Madrid el lunes, aunque estoy deseando volver a encontrarnos en el bar de la autovía. No sé bien que me está pasando. Te escribo mentalmente a todas horas como si nos conociéramos de toda la vida. Anhelo saber más de ti, aunque sé que es poco probable que eso suceda. Me he quedado con la mirada que me lanzaste al despedirnos, algo suplicante, que se incrustó en mi monólogo interior hasta transformarlo en este diálogo fantasioso. No sé cómo será nuestro reencuentro, pero mientras pienso en ello abrazo tu almohada. Me gustaría atreverme a preguntarte por tu hermano, saber cómo te ha afectado su muerte y de que falleció, poder abrazarte más despacio al despedirnos, ofrecerte que me llames cuando quieras.

Esta tarde hemos bajado los tres al pueblo y en una tienda de artesanía he encontrado algunas de tus esculturas en madera, tal y como me había indicado Laura. He comprado una con cierto rubor sin consultárselo a mi marido, he pensado que así al menos tendré algo tuyo para tocar en mi casa. Él tampoco me ha preguntado, últimamente ya casi no me pregunta nada. Aunque luego me ha dicho con su ya habitual desdén:

_ ¿Más trastos? _ Si algo estamos descubriendo en estas vacaciones es que nuestra distancia es ya irreversible. Ojalá yo pueda volver algún día aquí.

MANUEL

arbolQué delicada eres, Elena. No puedo dejar de pensar en ti, y eso que apenas nos hemos visto un cuarto de hora en ese bar de carretera. Con tu oscura melena lisa, tus pecas claras, y esos ojos que me parecieron verdes, aunque ahora dudo. Tan correcta y a la vez tan bella, como si lo quisieras disimular o si tu belleza no tuviera realmente ninguna importancia.

No sabía que iba a hacer aquí, en tu ciudad y en tu casa. Fue mi mujer la que se empeñó en que viniéramos a la capital en Semana Santa con las niñas, la que organizó todas las actividades, para intentar animarme después de este invierno de duelo y silencio. Yo sólo me ocupé de confirmar el intercambio de casa, de hacerte un par de llamadas, de concretar el lugar donde nos encontraríamos para intercambiar las llaves. Ahora sin embargo me encanta haber venido y conocer tus libros, tus armarios, las fotos de vuestros viajes que adornan el salón y la cocina. Un encuentro tan breve y que sin embargo parece haber sacudido las ramas de este dolor profundo que atenaza mi alma desde el suicidio de mi hermano. Por primera vez en mucho tiempo me despierto contento de estar vivo, de saber que existes y que, aunque sea brevemente, duermo en tu cama, en vuestra cama. Como si de alguna manera tú me acompañaras y yo pudiera al fin levantar la mirada sin que me pese la vida.

Me he preguntado varias veces si no me habré enamorado como se enamoran los imbéciles al recibir la flecha de un tal Cupido: súbita e inconscientemente. Me he sorprendido ausente, me ha costado interesarme por las exposiciones a las que Claire nos ha llevado y seguir las dos obras de teatro que nos hemos tragado. Como si tu imagen parada en el bar de carretera se hubiera instalado fijamente en mí. No es que te aparezcas en cada esquina o a cada instante, es que desde que te abracé levemente cuando os ibais no te has ido de mí, no te he dejado de oler.

Esta mañana, cuando salíamos en coche para ir a ver el monasterio de El Escorial, siguiendo las indicaciones del navegador de forma mecánica, me he metido en una calle en dirección contraria. He avanzado unos dos cientos metros antes de darme cuenta hasta que Claire y las niñas se han puesto a gritar al ver que venía un vehículo de frente. Milagrosamente hemos parado los dos a tiempo sin llegar a chocarnos. Me temblaba todo el cuerpo al bajarme del coche, dándome cuenta de que nos podíamos haber matado los cuatro si el de enfrente hubiese venido rápido. Claire se ha puesto a chillarme allí delante de todos, preguntándome si estaba tonto o qué me pasaba. El otro conductor se ha abstenido de chillarme, yo creo que compadecido ante mi horrorizado tembleque. Yo no me reconocía a mí mismo, paralizado pensando que podía haber acabado con la vida de ellas tres. Ahora al recordarlo sé que en algún lugar de mi cabeza seguía pensando en ti, la delicada profesora de historia que habita esta ciudad inmensa y que me miró a los ojos unos segundos que se me antojaron años en el bar del kilómetro 170 de la nacional 6.  Claire ha pensado que una vez más estaba recordando a Juan, mi hermano querido y perdido. Pero yo a pesar del horror del susto he sonreído al darme cuenta de que por primera vez en mucho tiempo no era el duelo lo que me tenía ensimismado, sino tu recuerdo, o tal vez mi deseo.

Mi deseo. Regresó la primera mañana que amanecimos en vuestra cama, como si quisiera jugar conmigo un rato y recordarme que la vida va a seguir fluyendo. Lo sentí con asombro y excitado me di cuenta de que Claire ya no estaba en la cama. No me importó. No es que pensara en ti, entiéndeme, pero sí que noté que ese deseo ya no le correspondía a ella.

Por primera vez en mucho tiempo he podido verme a mí mismo en los últimos meses. Desde tu casa he recordado el otoño, cuando Juan decidió poner fin a sus días al saber lo que la enfermedad le guardaba. Me he visto en la distancia, más solo y triste que nunca, no sé ni qué hubiera hecho de no tener a las niñas. Y Claire venga decirme que saliera, irritándome sin darse cuenta siquiera, pobre.

Me he pasado un buen rato mirando una fotografía tuya con tu hijo que cuelga en la nevera. En ella despliegas una sonrisa enorme que yo aún no te he visto. Por el tamaño del chico en la foto calculo que es de hace tres o cuatro años, cuando él aún tenía mucho de bebé rollizo y tu conservabas esas curvaturas que deja la maternidad reciente. Hay una alegría en tu mirada que me despierta una ternura inédita. He descolgado la foto cuatro o cinco veces y dos de ellas me la he guardado en el libro que leo, pero luego he pensado que mi robo iba a ser demasiado descarado. Menos mal que se me ha ocurrido sacar una foto de tu foto para así poder llevarla siempre conmigo.

Mañana nos volveremos a encontrar. Incluso si se rompe este hechizo celebraré haberlo vivido, saber al fin que deseo seguir viviendo.

 

Enterrados

Aquella tarde de sus 17 años Nacho llegaba muy justo a entrenar a su equipo de baloncesto, pero cuando vio de lejos la aglomeración de gente delante del Monumento a los Caídos decidió acercarse. No era habitual ver gente detenida allí a pesar de la cantidad de personas que transitaban por sus alrededores a diario. Conforme se acercaba vio una serie de personas tumbadas en el suelo, algunas parecían medio cubiertas por telas, otras no, y aún sintió más curiosidad. Al llegar se colocó en primera fila y observó con atención. Lloviznaba.

Un hombre joven, vestido de negro, con barba y tatuajes, iba ayudando a las personas a tumbarse en el suelo. Algunos llevaban chubasqueros o telas de plástico oscuro, la mayoría iban descalzos. Muchos eran ancianos. Cuando hubo terminado de colocarles el hombre joven se cargó un saco de tierra al hombro y se acercó a la primera persona que yacía en el suelo, una mujer mayor. Abrió el saco y empezó a cubrir el cuerpo con la tierra negra, primero arrodillado con las dos manos, luego incorporado echando algunos puñados desde arriba. La mujer cerró los ojos. Luego el joven movió el saco, se desplazó hasta la siguiente persona y repitió la tarea. Un fotógrafo le seguía de cerca.

Nacho avanzó un poco más y reconoció entre las personas tumbadas en el suelo a Juana, su maestra de primaria. Hacía mucho que no la veía y dudó un poco sobre si era ella, pero sí, sí que era, con el pelo muy corto y los pies descalzos. Nacho retuvo las ganas de llamarla por su nombre. Cuando se acercó el hombre con el saco Juana se cubrió la cabeza entera con una tela negra. El joven le cubrió de tierra el cuerpo y añadió varios puñados más sobre la cabeza. Nacho miró fugazmente su reloj, y decidió llegar tarde al entrenamiento. No podía irse de allí hasta entender lo que estaba pasando, la extraña solemnidad de aquel acto le retenía.

El hombre fue enterrando a las veinte personas que yacían en el suelo. Los que observaban de pie, unos cien o doscientos, con sus paraguas e impermeables apenas hablaban o si lo hacían era susurrando. Nacho vio como algunos lloraban y sin saber bien porqué el también sintió una congoja enorme subiendo de su pecho a la garganta.

Al terminar de enterrar a la última persona, el hombre joven se tumbó y se cubrió a si mismo de tierra. Permaneció allí unos minutos hasta que el público empezó a aplaudir con fuerza. Nacho también aplaudió con cierto alivio.

Poco a poco las personas tumbadas se fueron incorporando. Algunas se sentaban y miraban sus piernas cubiertas de tierra, otros olían la tierra de sus manos. Lloraban. Gente del público se acercaba a abrazarles. Nacho esperó a que Juana se levantara y se acercó a ella.

_Juana, hola. Qué sorpresa verte aquí.

_Hombre Nacho, ¡qué alegría! ¡Sigues creciendo! ¿Cómo es que has venido al homenaje?

_Pues de pura casualidad, pasaba por aquí, iba a entrenar a mi equipo de baloncesto en jesuitas y he visto gente y me he acercado. Pero ¿qué es esto, qué clase de homenaje?

Juana seguía sacudiéndose la tierra, y aunque varias personas parecían esperar para hablar con ella les dio la espalda y miró a Nacho a los ojos.

_Es un homenaje a los fusilados en Navarra…Como mi abuelo, lo mataron cuando mi abuela estaba embarazada de mi padre, por ser de izquierdas y defender los derechos de los trabajadores del campo. Se lo llevaron una noche y ya nunca más lo volvieron a ver, en agosto de 1936. No sabemos dónde está enterrado. Mi padre nació cinco meses después.

Nacho estiró la espalda y los hombros, la boca seguía abierta y muda.

_El que nos ha enterrado es un pedazo de artista, y el que lo hayamos hecho aquí tiene muchísimo valor, porque este como sabes es el Monumento a los Caídos en la guerra del bando que ganó, pero no a los que perdieron la guerra…Nacho, ¡muchas gracias por venir o por haberte quedado! _ Juana le dio dos besos y luego se giró para fundirse en un abrazo largo con otro hombre que también había participado en el enterramiento y que lloraba como un niño.

Nacho no quería irse aún, así que se acercó a otro grupo de personas que escuchaban a un anciano que llevaba una bandera republicana al cuello.

_Ha sido terrible, estar ahí tumbado y sentir la tierra cayendo sobre mi cuerpo. Me han venido todos los recuerdos, todos, sin tregua. Pero oídme, qué contento estoy, ahora me siento más cerca de mi padre que nunca-

Nacho escuchó un rato más antes de darse la vuelta y seguir lentamente hasta el colegio. Encontró a sus chavales jugando al baloncesto y a Luis, el segundo entrenador, dando instrucciones. Al ver a Nacho los niños y niñas se detuvieron y se acercaron a él corriendo:

_¡Nacho, Nacho! ¡Qué tarde llegas!

_Si. Llegaba bien pero me ha pasado una cosa que os quiero contar, así que sentaros y escuchadme. _Los niños y niñas de nueve y diez años se sentaron en círculo dispuestos a escuchar a su joven entrenador.

 

Relato de ficción inspirado en la obra Enterrados de Abel Azcona